Inanidad

4 12 2007

Cuando uno tiene ganas de escribir y no sabe qué tema tratar, qué argumento crear, qué tono usar, es incómodo sentarse frente a la pantalla del ordenador. Se repite ese ritual desde la remota adolescencia en que uno plasmaba de forma más o menos ingenua o alambicada remotos deseos, aspiraciones, miedos o penumbras. Y en caso necesario se echaba la culpa de la falta de ideas, de la imperfección de la prosa o de la mediocridad temática y argumental a la falta de inspiración, a lo inadecuado del lugar y a cualquier otro motivo peregrino y cómodo.

Sin embargo, a los veintiocho años, cuando se han obtenido todos los medios, lugares, instrumentos y tiempos que en otro tiempo se creían propicios para la creación, se descubre que no era nada de eso lo que tascaba el freno del escritor que uno creía llevar dentro.

La desazón, entonces, se apodera de uno, que repasa antiguas páginas de cierta brillantez o cuanto menos una pasable desenvoltura estilística, y comprueba que no descubre la forma de continuarlas. En una suerte de gatillazo lingüístico, el aspirante a escritor sólo ansía llenar páginas y páginas que colmen no se sabe qué anhelos.

Y mientras tanto esa suerte de impotencia narrativa se extiende a los otros ámbitos de la vida, invadiéndola en metástasis de abulia. Condenado a ser consciente de la propia inanidad.

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